ADN

Raúl Palacios, "El Tigre"

“Raúl Palacios. Pero me dicen ‘El Tigre’” aclara, de entrada. Y cuenta que el apodo viene de la época en que ensayaba con Roberto Rimoldi Fraga, el famoso cantautor foklórico.

El Tigre nos recibe en la oficina 80, en el subsuelo del edificio de Paseo Colón 922, y convida mate al empezar la charla. “Soy medio folklorista de sangre”, advierte sobre su gusto por el arte, que en la entrevista no pasa desapercibido. Con ropa de trabajo, pelo largo canoso y una boina, ceba otro amargo y explica: “Mi mamá de Santa Fe, mi papá de Corrientes, y yo nacido en Bernal Oeste, en La Cañada, que hace 58 años era todo campo. Prácticamente nací arriba de un carro”.

Afuera cae la tormenta y, hasta que pare, las tareas de servicios generales se limitan. “Ahora tenemos que limpiar las canaletas, ni bien corte el agua”, explica el Tigre y vuelve a los recuerdos: “Yo era medio vagabundo. Me gustaba la música, el baile, los carnavales. De la casa materna me mudé a Villa Itatí, también en Bernal, porque el casado casa quiere”, rememora.

Trabaja en la Secretaría desde 2009. Antes que eso vendió banderitas argentinas en el mundial ’78 (“me fue rebien”) y estuvo 6 años en el municipio de Quilmes, en los ’90. Además, fue Presidente del Concejo Comunitario para la Tierra y la Vivienda local.

“Hacíamos agrimensura en villas y asentamientos, íbamos con los profesionales, marcábamos calles, terraplenes y demás; después hacíamos presentaciones para gestionar regularización de los barrios informales. Un trabajo muy lindo”, nos dice el Tigre, que se define como “un militante social con mucho conocimiento del territorio”.

Aclara que nunca dejó de vender en la calle. “Yo iba a La Plata a presentar proyectos, a pedir asesoramiento o los trámites necesarios para una regularización, y tanto de ida como de vuelta iba vendiendo en el tren. Toda la vida fui un busca”, afirma.

En la charla, El Tigre nos comparte una pena: “Perdí a mi hijo. Se cayó de una obra. En ese momento estuve cerca de volverme medio loco. No quería salir a la calle, porque la gente, con buena intención, me recordaba a Walter”, nos cuenta.

En ese momento consiguió trabajo en la Secretaría, entonces Ministerio. Empezó a conocer otra gente, y su tarea aquí le enseñó que hay que seguir adelante. “No me olvido de mi hijo, pero trabajar acá me salvó la vida”, asegura. Nos dice además que tiene a sus dos hermosas hijas, Nadia, docente que alguna vez trabajó en el Jardín de la Secretaría, y Nuria, que tiene una empresa gráfica. Y unos hermosos nietos.

“Acá hacemos mantenimiento. Están los electricistas, carpinteros, albañiles y administrativos. Si algo se rompe, si hay que correr muebles, limpiar canaletas o las cámaras sépticas. estamos para solucionarlo. hacemos de todo.  En la 80 estamos varios de los que salimos corriendo cuando nos llaman”, describe su trabajo y el de sus compañeros de Servicios Generales. Y cierra con una máxima: “Para poder reclamar tenés que ser justo con tu vida y no pedirle nada a nadie. Yo siempre viví de lo mío”.